-CIEN AÑOS DE ETERNIDAD-

El fuego me estaba derritiendo los pensamientos. Al otro lado de las llamas, todo era confuso. Sostenía entre mis dedos lo que nunca sobrevive a las guerras y tenía miedo de perder todo control sobre mis músculos, y que mis manos se cerraran con tanta fuerza que aquel último hálito de vida, pereciese entre un puño de cenizas.

Ya no sentía los huesos, el dolor iba y venía. A veces había paz, a veces seguía la lucha vibrando bajo mi piel. La soledad allí también parecía un fantasma, ardían los restos de la ciudad a lo lejos y en medio de aquel páramo desierto, derruido y deshabitado sentía el peso de la muerte acercarse con disimulo. Nadie oiría mis gritos, nadie levantaría mi cuerpo y lo llevaría al amanecer a la alta colina. Nadie salvo aquella adelfa vivía allí. El resto ya estábamos muertos.

La vi moverse entre los matorrales. Las sábanas se mecían al compás de sus cabellos. Ella luchaba contra el viento y yo me estremecía cada vez que era capaz de conquistarlo. Tenía los labios rosas y rotos, el pelo desaliñado y los hombros blancos como un invierno a la luz de las velas. Yo la miraba, escondido en el patio de atrás, preguntándome qué sería distinto si ella supiese de mi presencia. Me acaricié la barba con delicadeza y alcé la mirada al cielo, donde el sol, tan astuto y peligroso como la mala suerte, contaba nuestras últimas horas de vida.

Ceniza en la boca, sangre en los labios y polvo en los pulmones. No lo vi caer porque cuando tienes todo el tiempo del mundo no reparas en él. Las profecías tenían algo en común con los mortales: no las gustaba esperar. El suelo empezó a temblar y supe que finalmente, ya solo quedaba un lugar seguro al que agarrarse. Cerré los ojos para siempre.

Kendal tenía un libro entre sus manos, reía, lo hacía con fuerza. Yo no conseguía descifrar dónde estábamos y él hablaba tan rápido y sus carcajadas eran tan ruidosas que solo entendía sus silencios. Su cara se deformaba cuanto más me acercaba a él. Quería su libro e intenté robárselo de las manos, él gritaba más fuerte y al fin  entendí lo que pedían sus labios. Señalaba algo en aquella página y yo hacía esfuerzos por llegar hasta él. Tiré, tiré más fuerte y sus brazos se alargaron tanto que a cada paso él estaba más lejos de mí. Su rostro se llenó de lágrimas y sus labios quedaron sellados con una frase que ahora era puro terror: Somos amigos, somos amigos.

La luz se fue de pronto y no supe reaccionar, deseé que volviera con tanta fuerza que mi mente hacía precisamente lo contrario. No controlaba mis sueños, ellos iban un paso por delante de mí y aunque pensase que tras la oscuridad no había nada, siempre había más, más oscuridad.

El patio de adelfas estaba más bonito que nunca. Rebosaba el agua en los estanques, había niños que corrían tras las mariposas, hocicos hundidos entre dos tapas gruesas de cartón y mis pies dejándose enredar por la melodía de los pájaros matutinos. Anduve despacio, sin pestañear, con la mirada tan fija en el corazón de los jardines que por un momento sentí que era el mío el que estaba dejando de latir. Tic, tac, tic, tac.
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-¿Qué ha ocurrido?-el desorden era tan abrumador que no conseguía distinguir quién hablaba entre la multitud. Me colé entre la gente, el barullo era ensordecedor y nadie era capaz de hacer otra cosa. Vislumbré a Kendal  sobre el estrado, sujetaba un libro entre las manos y lideraba el panorama. No oía lo que decía, no me dejaban escuchar. De pronto la gente guardo silencio y en menos de diez segundos la plaza se quedó vacía. Kendal bajó del estrado a prisa y me agarró de los hombros sin consideración alguna: Es la profecía, coge a tu mujer y tus hijos y márchate. No pierdas tiempo, no nos queda. Me abrazó con fuerza y se despidió. Lo vi irse apresurado mientras cantaba aquella vieja canción infantil:

Siete años de tormenta, cien fueron
Bajo la luna llena,
Siete años cuando el verano acoja
Los cien testigos de su maldad.
Al quinto día y el penúltimo amanecer
El forastero se irá sin su alforja
Para el pueblo será la señal.
Para el cielo será su final.

Mis pies no respondieron a mis instintos. Yo quería correr, yo quería llegar y el peso que no llevaba encima me retenía en medio de aquella manada. Terminé dando pasos en  falso entre los muros de piedra y cuando llegué  a las fachadas de mi hogar, ya sentía el calor del fuego a mis espaldas. Allí ya no quedaba nadie, las sábanas estaban hechas jirones y me peleé con ellas hasta haberme envuelto por completo. Me puse a correr y eché un último vistazo, ardía. Mi casa estaba en llamas.

Serpenteé por los barrios y encontré a cuatro rezagados que temían dejarse caer el jarrón de agua. Y de qué les servía el agua si ya no estaban vivos. Subí por la cuesta del arrabal justo cuando un río de sangre empezaba a desfilar por sus aceras. El pánico se apoderó de mí.

A lo lejos el sol se ponía y no quise imaginarme un mundo sin él. Dejé de llamarlo. Mis pies me arrastraron hasta el jardín de las adelfas, donde ya no había niños, solo un paseo de mariposas muertas en el suelo que conducían mi sombra hacia el corazón del mundo.
Todo era fuego y ruinas cuando llegué, caí sin aliento con los brazos extendidos, el calor era insoportable. En mi mano izquierda vivía ella, aún. Era todo lo que quedaba del mundo.


Me quemaban los ojos y aquel mar de calor era peor que otros cien años de vida. Me acerqué la mano izquierda a mi pecho y estrujé los pétalos de la flor sobre mi corazón. El veneno de sus flores descansaba en mi corazón cuando el suelo se partió en dos y yo caí al centro de la tierra. Cien años más de vida, siete años de tormenta, al quinto día y el penúltimo atardecer repetí. Mi corazón tembló con el mundo y el dolor habría terminado a la mañana siguiente. Nadie salvo el veneno de mis ojos recordaría los últimos cien años y yo moriría por ver siempre una última vez sábanas de lino ondeando entre sus cabellos de oro.




Te mereces muchísimo más que esto. 
Para que los años nunca te hagan olvidar que soñar sigue siendo posible. 
Te quiere,

Andrea

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