No te engañes, los reflejos también sienten.

Una vez conocí  a una chica que tenía dos hoyuelos en forma de cacahuetes.
Era esa clase de chicas que entre muchas personas parece pequeñita, un bulto más de una cama sin hacer.
Pero también era esa clase de chicas que en soledad te atrapaba y te congelaba hasta los huesos del corazón.
Nunca tuvo demasiado aplomo.
Tampoco le cantaban los pájaros cuando salía a la calle.
Llevaba la música demasiado alta, la falda subida para cortejar a sus muslos blancos, como una primavera en el Ártico, y los labios rojo carmín.
La veía sentarse siempre y con una puntualidad inquietante, en el jardín de un colegio infantil, a lomos de un columpio mal engrasado.
Siempre estaba sola y triste.
Había días que llevaba una manzana, días que sostenía un táper amarillo fosforito, días que se sentía como una repostera dando forma con la manga pastelera a la crema de una napolitana bañada en azúcar glass.
Con un zumo y una pajita con la que daba tímidos sorbos que le dejaban un aliento dulce y frutal.
Nunca se acababa nada de lo que llevaba.
Podía pasarse una hora larga allí sentada, dando ligeros mordiscos a su comida, absorbiendo gotitas de zumo, cerrando los ojos mientras rezaba a sus propios demonios.
Después recogía delicadamente, se ponía en pie y cruzaba la calle para perderse en la esquina de un inmueble.
Siempre que pasaba se contemplaba de refilón en las enormes cristaleras del portal.
Un día se quedó parada allí delante el tiempo suficiente para que yo sintiese la curiosidad voraz de preguntarme qué había tras aquella amorfa superficie de vidrio.
Miedo, muerte o tal vez más lluvia.
Echó un último vistazo al reloj, se puso a andar, se la llevó el aire.




El tiempo habla, pero porque negar que también se calla demasiadas cosas.

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