Hay tormentas que son veranos.

Se colocó por tercera vez los anteojos y me miró con aspereza a los ojos. Tenía la cara inexpresiva de siempre y la acompañaba su habitual y lúgubre enroscamiento de manos.
Solía ser así. Sus gestos, las ojeras que caían como fardos pesados sobre sus mejillas y los pequeños callos de sus manos de jabón contaban más de ella que sus hoscos labios.
Le sostuve la mirada durante largo rato, tratando de digerir los secretos ahogados que se le escapaban de los ojos y desvió la mirada a la tele que hacía un ruido de segundo plano. Sé que miraba sin mirar, porque se retorció por cuarta ocasión del asiento y no dejaba de jugar con el viejo anillo de su dedo anular. Aún lucía después de muchos años y escondía detrás de sí una historia que solo su portadora conocía con lujo de detalles. A todo el mundo nos gusta llevar nuestras historias con nosotros, supongo.
Me seguía mirando de vez en cuando y yo seguía firme, sin ceder a la impaciencia de su actitud.
Entonces sonó el teléfono y todo ocurrió demasiado deprisa. Se levantó antes de que yo tuviera tiempo a pestañear y cruzó la salita hacia el recibidor.
El teléfono no se calló y supuse que se habría quedado mirándolo con una pregunta en la punta de la lengua, la intención de saber la verdad y el recogimiento de no tener aliento para escucharla.
Me acerqué silenciosamente por su espalda y aunque ella sabía que estaba allí, no levantó la vista del insoportable aparato.
Descolgué el teléfono y se lo ofrecí. Vi entonces fugazmente el profundo miedo que llevaba viviendo con ella toda la vida.
Se deshizo de mí con un movimiento de manos y escuché con atención las elocuentes palabras que salían de sus labios. Por un momento, volvió a parecer la mujer serena y confiada de siempre. No conseguí leer nada más de las arrugas de su rostro hasta que dejó de nuevo y con aires cansados el teléfono en su sitio.


-Este año-me dijo con una tristeza impasible.- el verano ha caído otra vez en domingo.

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