Las palabras que no necesitas
Necesito escribir esto como he necesitado siempre y desde que recuerdo el consuelo de las palabras. Palabras sobre palabras aguardando dentro de los libros que nunca se olvidan, palabras en los labios de las personas a las que más he querido, palabras dentro de mí, en la alacena, en los anaqueles de mi esqueleto y su mantelería de poco diseño. Tantas veces, aparecen mientras escribo y de una manera que nunca he terminado de comprender, palabras en mi cabeza de las cuales no conozco su significado, como revelaciones de un subconsciente que almacena, dibuja y esgrime con gracia y gentileza las expresiones que saldrán a esta afrenta sin otro escudo que su verdad.
Hoy, mientras caminaba impacientemente hacia casa, engullida por una bufanda gruesa que poco tenía que decirle al frío y la llovizna que anuncia la llegada de Bruno (la primera gran borrasca de invierno con nombre de niño, de cantante o de Santo) ; he visto cruzar delante de mí en forma de torrente de pensamientos ideas sueltas sobre esa vida consagrada a la literatura que me persigue. He visto una frase sobre las ramas desnudas de los torpes árboles de ciudad, que extienden sus raíces bajo las aceras sucias. He visto palabras en el gesto atropellado de una mujer entrando en el portal de su casa. He visto el detalle tonto que solo vemos cuando vamos solos y en silencio por la calle, y tenía la forma de una palabra. He recordado instintivamente un artículo sobre la sinestesia que leí hace unos meses, en el que se hablaba sin ninguna clase de pudor de la capacidad humana de percibir sensaciones atribuidas a unos sentidos con otros. He llegado a la conclusión de que las palabras aparecen en mi mente como imágenes vívidas y que después desaparecen o se acomodan en el lugar que encuentran (no siempre el papel). Lo dijo Picasso: "Cuando llegue la inspiración, que me encuentre trabajando." Y necesitamos tantas veces dejar de trabajar para inspirarnos, para que las palabras se nos aparezcan delante de los ojos, derrochar todo ese polvorín de iluminación, de imaginación sin recortes, de delicadeza aguda, de silencio descomedido.
Soñar con esa otra vida que he dejado al otro lado del espejo se ha convertido en la piedra con la que aún algunos días, más o menos fríos, tropiezo. Las palabras con las que a veces me enredo, a las que recuerdo mientras leo papeles científicos, artículos de ciencia, libros de programación y electrónica, son las palabras que terminaré por entender y articular con pasión y entendimiento. Y son las palabras que me traerán de vuelta a este mundo otra vez, que a veces abandono, por creencia o por desidia, o como un aprieto que me persigue por las calles, por necesidad.
Hoy, mientras caminaba impacientemente hacia casa, engullida por una bufanda gruesa que poco tenía que decirle al frío y la llovizna que anuncia la llegada de Bruno (la primera gran borrasca de invierno con nombre de niño, de cantante o de Santo) ; he visto cruzar delante de mí en forma de torrente de pensamientos ideas sueltas sobre esa vida consagrada a la literatura que me persigue. He visto una frase sobre las ramas desnudas de los torpes árboles de ciudad, que extienden sus raíces bajo las aceras sucias. He visto palabras en el gesto atropellado de una mujer entrando en el portal de su casa. He visto el detalle tonto que solo vemos cuando vamos solos y en silencio por la calle, y tenía la forma de una palabra. He recordado instintivamente un artículo sobre la sinestesia que leí hace unos meses, en el que se hablaba sin ninguna clase de pudor de la capacidad humana de percibir sensaciones atribuidas a unos sentidos con otros. He llegado a la conclusión de que las palabras aparecen en mi mente como imágenes vívidas y que después desaparecen o se acomodan en el lugar que encuentran (no siempre el papel). Lo dijo Picasso: "Cuando llegue la inspiración, que me encuentre trabajando." Y necesitamos tantas veces dejar de trabajar para inspirarnos, para que las palabras se nos aparezcan delante de los ojos, derrochar todo ese polvorín de iluminación, de imaginación sin recortes, de delicadeza aguda, de silencio descomedido.
Soñar con esa otra vida que he dejado al otro lado del espejo se ha convertido en la piedra con la que aún algunos días, más o menos fríos, tropiezo. Las palabras con las que a veces me enredo, a las que recuerdo mientras leo papeles científicos, artículos de ciencia, libros de programación y electrónica, son las palabras que terminaré por entender y articular con pasión y entendimiento. Y son las palabras que me traerán de vuelta a este mundo otra vez, que a veces abandono, por creencia o por desidia, o como un aprieto que me persigue por las calles, por necesidad.
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