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No te escribiré en primavera

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Tu nombre habita hoy todo el espacio, se ha quedado muy quieto como el pasado, preso en un instante que se debate entre sentir dolor o sentir la nada. La conciencia de lo que somos, deshecha en cristales, la conciencia de lo que fuimos y sus partes secretas separadas por fragmentos alienados en líneas de fractura. La conciencia que no le quedó a nadie y que es victoriosamente una cruz donde descansar. Tu día, que se muere solo, para no recordar nuestros nombres. No queda ni siquiera un vacío doble tras la contraventana y se oye una risa exagerada que rompe tu existencia. Nadie ha servido venganza, porque hoy habitas todo el espacio que no quisiste que nadie guardara. Hoy solo algunos recordamos tus pasos en el umbral de una casa que ya no es tu casa.

El Sabinar

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El viento se ha dormido entre tus manos, has conseguido que cese su afligida queja en tus oídos sordos y quemados por el invierno. Aún sigue tras estos muros tu decisión, como una orilla varada en un horizonte que se consume en círculos y bucles y aún extraña la luna y sus mareas. Al otro lado del acantilado, donde si uno se asoma lo suficiente percibe su reflejo sin contorno como un temblor, las corrientes rezuman por los resquicios de piedra volcán. Allí el viento azota el pelo de las flores que a ti no te crecen, y se deja morir de un golpe seco en las rocas desnudas. Tus dedos se mueven como las líneas, eres capaz de enumerar las motas de polvo, los días de una semilla, las secuelas de mi camisa. Y tus dedos ni siquiera se han dejado mecer, dulces en medio de un final, por el mar profundo que te abraza justo por delante con una mano tendida para que solo temas una sola vez su peligro. Tus pies, tan pronto, se han llenado de raíces y ascienden en un ray...

Olvida este intento

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Un olvido se asoma curioso con ojos de niño tras la pantalla, como una verdad ausente, un beso que ha muerto a oscuras, y que de repente, detiene su camino. Las hojas parecen retama dorada a esa distancia, pero uno se agarra a sus pies y la deshace, y cuando le tocan los ojos en una caricia áurea y triste son otra vez soldados del bosque  elegidos para guardar la línea y caer en la batalla. No recuerdo un invierno tan amarillo y viejo,  como este olvido sin nombre  que no acoge intentos débiles, y que mueve el cielo con vientos de papel. No me recuerdo a ese lado de la nube lejana,  ni esta ventana me protege del reflejo del curioso que se asoma a mi espalda como un frío repentino. No me recuerdo en el suelo porque ahora duermo sobre él, y porque un olvido ya se ha olvidado y solo se queda su nombre vacío como un resto de mí tendido a mi lado. Mañana se pondrá en pie como una senda se volverá marrón y después air...

La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida

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No recuerdo con exactitud el día que me crucé por primera vez con la tristeza de Elvira Sastre. Sé que, sin embargo, no fue hace mucho y que el tiempo ha ido cavando sus propios surcos en su paso por este lugar que quién sabe si es mi casa, si son mis ideas, o si es simplemente otra tristeza más. Hoy tengo en las manos La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida , y digo en las manos porque es el instrumento palpable que lo sostiene. (Mis manos, qué lugar más triste para encontrarse.) Se ha venido a casa cómo si fuese un amigo de toda la vida, como si, así tal y como lo escribo, estuviese vivo y respirase. Hoy respiro yo con él, llevamos toda la mañana mirándonos a los ojos, echándonos la culpa el uno al otro, pensando en el mar y en que se encuentra más lejos de lo que parece, en las huidas dentro de cuatro paredes muy blancas, en palabras que se repiten como un olvido sucio. Fueron mis pasos los que me arrastraron a traerlo cerca de este estante, mis dedos los que han pasado sus...

Granos de Arzadú

Apenas alzaste los ojos cuando te rocé las espaldas con mis enjutos codos. -Apártate. Quita ese libro, que se te van a caer los ojos. - Te bramé con mi falta asumible de diligencia. - Hazte a un lado, niño. Pasaron varios segundos hasta que te despegaste de tu tarea para finalmente dejarme paso por el cuchitril que teníamos por cocina. Me miraste como quien mira a otro niño muerto, roído por su falta de experiencia y de modales. Cerraste el libro de un soplido y me cediste tus palabras apaciblemente. -El agua sale templada a mitad de recorrido. Así le abrasarás los pies a cualquiera y se te derretirá la cara. Saliste de la cocina sin dejarme tregua para replicarte cualquier tozudez.  -No sé como no se te cae la tuya.- Musité. La olla empezó a zumbar y el chirrido me atravesó los oídos. Te odiaba tantas veces al día que me resultaba miserable hasta a mí no poder mirarte de otra manera. Te odiaba, te odiaba, te odiaba tanto... Bajé el fuego, hasta que solo quedó un susurr...

Mujeres de época

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La tarde caía como un milagro del cielo. Se volvían naranja los recuerdos, las presunciones, cualquier alarde a otra época pasada. Parecía innecesario el uso de la palabra, aún cuando el silencio era incómodo en un antiguo y opresivo cuarto de estar. No me pregunté cómo te habría sentado un corsé, blancas mangas de pernil y un colorido vestido que resaltase tus indudables curvas. El resto, y con el resto me refiero a tu actitud de autosuficiencia, la inteligencia de tus resoluciones, tu sonrisa impávida y esos aires de inconformismo social en los hombros, eran virtudes que ya vestías elegantemente. Te resultaba exquisita la lucha impugnable contra la desigualdad entre mujeres y hombres. Aunque no digo yo que acaso, todas aquellas ya pasadas diferencias (o no) con cobijo en frases hechas, denotaciones injuriosas y modales peripuestos no fuesen otra cosa que inventos en manos de gente que vivía en el continuo bucle de la insatisfacción. Mis ojos eran el espejo de tus pensami...

Boulder

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Te sostienes sobre cinco ojos, sientes el calor de tus propios ladrillos, aún cuando te machaca este frío que no llega. Cae el río a tus pies, como un niño sin siesta que no tiene descanso en sus ojos. Alguien se moja los pies de gato, se eleva al cielo, en tu arco de medio punto que sabe a gravedad. Cae, otra flaqueza. Otra vez, un cuerpo que cede, la voluntad partida. Cae, como todo ese agua amarilla, el mar marrón, entre toda ese valor que respira, que el viento mece inexorablemente, y vuelve a casa con las manos rotas, la verdad en la cara, un poco más fuerte.