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Otra vez.

Oí retumbar sus pasos por el porche. Eran precavidos, pero firmes y acompasados. Quise imaginar que encontraría detrás de aquella puerta. Pero de antemano sabía que nada acaba nunca resultando ser lo que soñamos que es. Vivimos de recuerdos. -Y de cigarros- me recordé mientras daba un calada más. Ella dudó los segundos suficientes para que pudiera sentir su miedo. Yo me balanceé en mi silla y esperé a escuchar el sonido de la libertad. Pero no ocurrió nada. Ni siquiera me sentí decepcionado. Rompí el silencio con el crujir de la madera bajo mis pies y tiré del pomo de la puerta hacía mí. -Otra vez tú.- Reí con una lacónica carcajada.- Te dije que no volvieras e irrumpes en mi casa sin permiso. Otra vez. Escupí humo. Me recosté sobre el marco de la puerta. -No hay derecho.-concluí. Miré a lo lejos, a las vistas que se confundían con fronteras, a los infinitos matices de cielo que solo conseguían quemarme los ojos. -Otra vez.- Suspiré. Anocheció, de nuevo, y las prisas por n...

Espectadores del fin

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Asoló cuanto tocó. Incluso aún cuando parecía que se alisaba la falda o se sonreía en los espejos de los portales. Los días de botas y lluvias, de estrategias y complicidad. Contaba con los dedos las veces que el viento había firmado y concluido, con la letra torcida, otro efímero: "Quizás" Y serán las olas que ya no arrastran mensajes a estas tierras de perecederos vencidos. O serán las puertas que conducen a ese inmerecido refugio con paredes de hojalata. El retumbar de una jauría de sillas cuando se clavan como agujas sobre una piel que no resiste al paso del tiempo. Conspirando eternamente contra una soledad fielmente endurecida con continuos golpes de mortero. Acompasados, a veces, indiferentes. En general, dominados por la necesidad de comprender quién los hará parar. O cuándo. O cómo. O por qué. Se le acabaron las manos. Imagínense pues a esa actuación repleta de asistentes que a su desenlace, no aplaudirán. Al margen de una pequeña debilidad ...

Es odio

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Lo no planeado y su patente facultad de ser inolvidable. Pongamos un marco a lo alucinante, pero no nos olvidemos de que las mayores desgracias no nacieron como proyectos. Después de todo es así. Tachamos a lo ordinario y buscamos esa chispa inusitada, un pequeño toque de impredecibilidad amistosa. Nos aventuramos a creer que esto podría ser una ocurrente utopía. En su defecto, pesadilla. El tiempo tira de nosotros a compás y el viento mece las cuerdas de todos los que vamos de puntillas. Con nuestro firme empeño de evitar el contacto con cualquier tipo de realidad. Por qué. Es una buena pregunta. Y la peor de todas. Concretamente, porque sepulta todos y cada uno de los límites, que sin dejar de ser reales, tuvieron opciones de no ser. Y no doler. Esto no estaba previsto, ni imaginado, ni siquiera contemplado como una ociosa posibilidad de acabar con las firmes convicciones del pasado. Y sin embargo, se empeña por sostenerte la mirada y robarle su humanidad. Es odi...

Vuelve

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Tenía el corazón sujeto por un fino hilo. Se zarandeaba. Sintiendo el abismo sobre él. Sabiendo que bastaba un ligero desliz para tragárselo. Para caer. Para tenerlo tan cerca de los ojos que el pánico desbordaría sus límites. Y te dejaría a tu suerte. Seco, hueco, en modo avión. En un estar pero sin ser. Sabiendo que el dolor revive a los vivos. Pero guardándolo, entre tantos olvidos, rociado de suficiente capa de polvo para hacerlo pasar inadvertido. Con un lacito. Con una promesa hecha añicos. Y tantas lágrimas haciendo barro y un suelo inestable. Una palabra bramada a gritos, quizás el mayor logro de toda una vida. Y él seguía palpitando. Rozando la sonrisa del enemigo. Deshaciendo las malas costuras del tiempo. Trayendo a su memoria aquel terrible socavón que desvió su mirada al suelo. Y lo vio. Se había roto, había cedido. Un charco y un río de sangre Su corazón empezó con el Réquiem. Y la palabra... Vuelve O estamos perdidos.

Soy una granada

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Hay historias que simplemente no merecen ser contadas. Al menos no por unos labios que llevan cicatrizando meses mientras los mismos dientes los desgarran. No porque su protagonista no se merezca el papel principal de una historia de nadas y desencuentros. No porque haya luchas que estén avocadas, una y otra vez, a fracasar. Quiero decir que no. Lo que nunca supe decir a tiempo. No busco entes inteligentes que pretendan consolar a esto. No. Porque sé que tuve oportunidades de ser algo más que olvido, que la paciencia aún tiene la intención de calmar lo que no calmó en su día. Pero firmé aquella carta esperando que no fuese la última. Creyendo, como no, que los milagros existen. El futuro, sé que es eso. El miedo que se acuesta siempre al lado de los sueños. Un pastel de derrotas que espera a que soplen sus velas. Un año menos. Otro más, quiero decir. Es posible que se atrevan a llamarme pesimista. Es posible que no me conozcan. Es posible que tampoco lo hicieran dur...

No terminas de cicatrizar

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Los ojos del diablo siempre serán como aquella tarde de septiembre que nos llovió en la cara y nos hizo olvidar a que sabía la nata sin fresas. No valía preguntarse porqué. Nadie paró los pies a esa insensata que pretendía hacerse creer que podría volar si saltaba desde el precipicio. Pero saltó, lo hizo. Incluso hoy, cuando toca dar explicaciones de cuanto tiempo perdió escalando, el mundo le reprocha su falta de determinación. Y aunque cueste entender que hay heridas que nos dejan como nuevos. Siempre prefirieron llamarnos extraños. Por volver allí todos los días. A sentarnos al borde del mismo precipicio. Supongo que buscando la razón que nos armó del valor suficiente para luchar contra las olas que nos mantuvieron hundidos el tiempo suficiente para ahogar nuestros gritos. O quizás no. Tal vez solo buscamos los motivos que nos condujeron allí, las historias que aquel mar sepultó en los corazones escarlata, las esperanzas que murieron perfilando ese acantilado maldito. In...

La mala costumbre.

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Tendida en el suelo y los ojos perdiendo su noción en cada grieta del techo que la pintura no tapó. Supuse que engañar después de tantas mentiras, nos convierte en autómatas programados para dudar de cualquier roce inocente. Noté como inspiraba y espiraba un silencio que llevaba demasiado tiempo sin decir nada últil. Solo dejándonos helado el corazón y un saco roto de intenciones hechas aire. Por no contar, que nos hicieron polvo y no precisamente de estrellas. Se llevó una mano al corazón, pretendiendo sentir que después de todo, él seguía marcando el ritmo como solía hacer cuando no se sentía así. Quizás, un poco más cansado que la mala costumbre de abandonarnos cuando las cosas empezaban a ir mejor. No solo aquello significaba que ella no quería renunciar. También nos permitía odiarnos por no haber encontrado una salida de emergencia a tiempo. Por habernos echado pomadas alternativas que eran peor que la enfermedad de no aceptar que solo la distancia podría habernos ayudado. Y, p...