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Guerras a versos.

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La claridad asoma, y el alma reniega a su sombra. Oscurecen los tristes rocíos y me hacen burla mientras olvido. Le pido al cielo que te guarde, que te mezca entre sus flores, así te desconozcan tantos y te canten los gorriones. ¡Que te prohíban la calle de los sueños!, que desde entonces son muchas noches sin techo. ¡Que te llamen poesía!, ¡que te quieran a versos!, Que desde entonces, por muchas palabras que tengo, ni me hacen grande, ni te echan de menos.

Déjame conocerte por las calles de Madrid

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"Desisto de los pies y del suelo, estimo un desierto entre las nubes, jugando a ser pecado de hielo, ambicioso es el deseo que encubre, mi maltrecho tambor de acero, elogiador de lo que su sonrisa encubre. Colmado de una vana sabiduría, opta por romper su silencio, necesario a temor de la ambrosía, obstinado en el capricho de sus besos. Certeza que no consigo obtener, embarra en un profundo viaje por su ser, recitando mal juglar los versos de un ayer traicionero como una aguja al tejer. Espero no estar dejándome entrever. Puedo escribir con sangre que sella, o dibujar entre las estrellas, raleando por una caricia que me destella. Levitando se traslucen mis sueños, aplicando caso omiso a ese aviso, sensato como las palabras del norteño. Camuflemos la trascendencia de este mensaje, ahogado a un sinfín de coraje, lívido como un oscuro paraje, lúcido cual sueño a un paisaje. Entrega sin pavor a su amada el soldado sutil rosa sobre un corazón encamado. D...

Quiso a quien (le) quiso querer.

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A veces el frío le sorprendía llorando, se hacía hueco entre los jirones de sus pantalones y recorría su espalda de abajo a arriba. El silencio, de otro tanto, también se adueñaba de sus ojos en blanco y negro. Porque en realidad, recuerdos que quiebran voces pocas más palabras necesitan Se preguntó a dónde iría aquel extraño con tanta prisa, cómo sería la sonrisa de la chica de mochila rosa que se cruzaba diariamente, a qué parada se dirigía la señora de los ojos saltones. Sabía tan poco incluso de sus propios zapatos... que le llevaron hacia cualquier sitio. Cualquier vagón a rebosar, cualquier abrazo en cualquier bar. El ruido le hacía olvidar lo que dolía un infeliz 'cualquiera', pero quizás valía más que cualquier promesa de nadie.

Miss diciembre.

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Vale igual no. Vamos a dejar de suponer que nos cabe el mundo en un pañuelo y que mirar más allá no solo es cosa de unos locos. Y pocos. Vamos a dejar de aspirar a ser otros, a mendigar a nuestro miedo que ceda, a tomarnos con desconsuelo las malas nuevas. Vale igual sí. Igual miro demasiado por la ventana, igual mi reloj biológico sigue siendo un impuntual, igual mis sueños exceden el límite de velocidad y sigo cultivando mi falta de sensatez. Pero me parece un buen final, para todos esos comienzos que no lo fueron.

Asfalto y otras medicinas.

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-Sobrepasamos el límite de velocidad. No supe si tomarlo como un aviso o una proposición. Te vi pisar el acelerador con furia, al tiempo que sonreías como si no te estuvieras dando cuenta de que parecías precisamente lo que pretendías parecer: un loco al volante. No me quejé, adoraba la velocidad, el viento atravesándome los huesos, la locura en el corazón, las prisas por ser eternos en medio de un ataque de adrenalina. Te adoraba, en realidad. Con esos aires de piloto y de poeta, con esa magia entre tus dedos y ese guiño de: 'Ni puñetera idea de donde vamos.' Bordeamos los vagos intentos de la soledad por frenarnos, nos hicimos a la lluvia, al parabrisas, al cinturón de mediocridad. Condujimos a ciegas para no ver venir el final. -Suéltate, que vienen curvas.- Me cantó la radio. Y después... ...después volamos por los aires.

Atrápame fuerte.

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Venía a decir que la libertad es otra cárcel  y las monedas de cambio salen más baratas  si hacemos treguas de meses. Venía a decir que lo mejor de la vida siempre será tener la ventana, el corazón y las manos  abiertas frente a tantas mentes cerradas. Ellos también creyeron que la libertad les haría libres.  Y yo sigo pensando: 'Atrápame fuerte.'

Nunca un volverás disfrazó menos despedidas.

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No sé querer con medida. Ni me salen bien las cuentas, ni hay un punto medio entre los agujeros de ese cinturón. Sé que has vuelto a hacerlo, echar de menos no es fácil. Y ojalá te hubieras ido a tiempo, te hubieras quedado quieto y hubieras temblado de frío. Nadie te estaría queriendo tanto, nadie te hablaría en sueños, ni te evitaría a muerte en los espejos, en los reflejos, en los portales vacíos, en las esperanzas de ver el cielo a lo lejos y ser incapaz de no sentir nostalgia. Estamos demasiado cerca para poder hablar de abrigos, demasiado callados para entender los silencios, demasiado vacíos para acabarnos el postre. No voy a volver y no quería que lo supieras. Por si en algún momento, en algún baile, en medio de cualquier abrazo, decido quedarme y dejo de llamar casa a los recuerdos que me hablan de ti.