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Olvida este intento

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Un olvido se asoma curioso con ojos de niño tras la pantalla, como una verdad ausente, un beso que ha muerto a oscuras, y que de repente, detiene su camino. Las hojas parecen retama dorada a esa distancia, pero uno se agarra a sus pies y la deshace, y cuando le tocan los ojos en una caricia áurea y triste son otra vez soldados del bosque  elegidos para guardar la línea y caer en la batalla. No recuerdo un invierno tan amarillo y viejo,  como este olvido sin nombre  que no acoge intentos débiles, y que mueve el cielo con vientos de papel. No me recuerdo a ese lado de la nube lejana,  ni esta ventana me protege del reflejo del curioso que se asoma a mi espalda como un frío repentino. No me recuerdo en el suelo porque ahora duermo sobre él, y porque un olvido ya se ha olvidado y solo se queda su nombre vacío como un resto de mí tendido a mi lado. Mañana se pondrá en pie como una senda se volverá marrón y después air...

La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida

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No recuerdo con exactitud el día que me crucé por primera vez con la tristeza de Elvira Sastre. Sé que, sin embargo, no fue hace mucho y que el tiempo ha ido cavando sus propios surcos en su paso por este lugar que quién sabe si es mi casa, si son mis ideas, o si es simplemente otra tristeza más. Hoy tengo en las manos La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida , y digo en las manos porque es el instrumento palpable que lo sostiene. (Mis manos, qué lugar más triste para encontrarse.) Se ha venido a casa cómo si fuese un amigo de toda la vida, como si, así tal y como lo escribo, estuviese vivo y respirase. Hoy respiro yo con él, llevamos toda la mañana mirándonos a los ojos, echándonos la culpa el uno al otro, pensando en el mar y en que se encuentra más lejos de lo que parece, en las huidas dentro de cuatro paredes muy blancas, en palabras que se repiten como un olvido sucio. Fueron mis pasos los que me arrastraron a traerlo cerca de este estante, mis dedos los que han pasado sus...

Granos de Arzadú

Apenas alzaste los ojos cuando te rocé las espaldas con mis enjutos codos. -Apártate. Quita ese libro, que se te van a caer los ojos. - Te bramé con mi falta asumible de diligencia. - Hazte a un lado, niño. Pasaron varios segundos hasta que te despegaste de tu tarea para finalmente dejarme paso por el cuchitril que teníamos por cocina. Me miraste como quien mira a otro niño muerto, roído por su falta de experiencia y de modales. Cerraste el libro de un soplido y me cediste tus palabras apaciblemente. -El agua sale templada a mitad de recorrido. Así le abrasarás los pies a cualquiera y se te derretirá la cara. Saliste de la cocina sin dejarme tregua para replicarte cualquier tozudez.  -No sé como no se te cae la tuya.- Musité. La olla empezó a zumbar y el chirrido me atravesó los oídos. Te odiaba tantas veces al día que me resultaba miserable hasta a mí no poder mirarte de otra manera. Te odiaba, te odiaba, te odiaba tanto... Bajé el fuego, hasta que solo quedó un susurr...

Mujeres de época

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La tarde caía como un milagro del cielo. Se volvían naranja los recuerdos, las presunciones, cualquier alarde a otra época pasada. Parecía innecesario el uso de la palabra, aún cuando el silencio era incómodo en un antiguo y opresivo cuarto de estar. No me pregunté cómo te habría sentado un corsé, blancas mangas de pernil y un colorido vestido que resaltase tus indudables curvas. El resto, y con el resto me refiero a tu actitud de autosuficiencia, la inteligencia de tus resoluciones, tu sonrisa impávida y esos aires de inconformismo social en los hombros, eran virtudes que ya vestías elegantemente. Te resultaba exquisita la lucha impugnable contra la desigualdad entre mujeres y hombres. Aunque no digo yo que acaso, todas aquellas ya pasadas diferencias (o no) con cobijo en frases hechas, denotaciones injuriosas y modales peripuestos no fuesen otra cosa que inventos en manos de gente que vivía en el continuo bucle de la insatisfacción. Mis ojos eran el espejo de tus pensami...

Boulder

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Te sostienes sobre cinco ojos, sientes el calor de tus propios ladrillos, aún cuando te machaca este frío que no llega. Cae el río a tus pies, como un niño sin siesta que no tiene descanso en sus ojos. Alguien se moja los pies de gato, se eleva al cielo, en tu arco de medio punto que sabe a gravedad. Cae, otra flaqueza. Otra vez, un cuerpo que cede, la voluntad partida. Cae, como todo ese agua amarilla, el mar marrón, entre toda ese valor que respira, que el viento mece inexorablemente, y vuelve a casa con las manos rotas, la verdad en la cara, un poco más fuerte.
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Es verdad, el orgullo se perdona si no lo han mortificado. Es verdad el cielo azul, la contaminación del pulso, los atascos mitocondriales, las hojas que no avanzan. Son verdad las medias cervezas con limón, la rutura fibrilar del cudriceps, las vistas maravillosas. Se siente todo como una especie de positivismo en ropa interior que nunca termina de tapar el cuerpo entero. Te levantas de la cama y te sorprendo, todo ese orden fingido que está deshecho en unos minutos. El polvo que nunca cae, que no dejo que anide en los restos de la persona que fui cuando todos seguían aquí. Una habitación de paredes blancas, de cuadros sin firmar (muchos sin acabar, más aún sin empezar), luciéndose como imágenes de lo que se aplaudió, de lo que no se logró. Me retuerzo entre aquellos días todavía, ves, nadie los imaginaría. Me guiñas un ojo, me tiendes ese desliz dulce que me guardo para mis propias creencias. Me das tus explicaciones, no porque las necesite, no porque lo necesites. Es algo qu...

La ciudad de tus vuelos

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Cruza un pájaro el horizonte y aúlla: libertad. Brillan las palabras que me dejas, son de luz, de ti, son de quien las toma, quien las cree, quien las valora. Son tus pasos huella en la tierra, sombra de pino, una manilla en el tiempo, las horas en los pies de quien despega. Los días tristes llevan ochos y otros números. Allí el vuelo es más corto, las migrañas más lentas, los ojos brillan más. Allí el olvido se mancha las manos de barro, la resina es roja, el viento lastima. Allí no te escondes, no hay otra salida, la avecilla se aleja. Mas el cielo sigue celeste, índigo, azur. Sigue viajando, libertino. Siguen tus ojos buscando, tus palabras buscando un pedazo en ese edén que otros gastaron. Me escribes a veces en mayúsculas, pero me siento pequeña, un eco borroso en el mar de allí arriba. Ya no vuelo como antes. Y ojalá esa libertad que me dejas -la avecilla de vuelta en la ciudad,- seas tú libre, tú luz, tú poema. ...