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De este estar sin ti, pero contigo.

Cierro los ojos cada vez que la oscuridad erupciona desde tus pupilas y amenaza con llorarme sobre las pestañas. Cierro los ojos si mis labios sueñan con algo más versátil que este irresistible invierno sin tu piel. Si al otro lado de la cama mi almohada estornuda y me envuelve en la tristeza de pensar que el frío no durará eternamente. Aunque mis escusas tampoco. Cierro los ojos si la calma de tener tu recuerdo, en mis manos, llora tus días de fiesta sin mí. Y sonríe al último hielo de aquel trago a mi salud. Si soñar despierta, de repente, es solo cuestión de tener tiempo y no suficientes ganas. Cierro los ojos al calcular la distancia que existe entre las letras escondidas y las caladas de ese último aliento que guardo expresamente para matarlo de un susto. Un día de estos. Si se trata de soplar velas y de hacer de los sueños, versos realistas, que se parezcan más a tus idas de olla y a las venidas de la suerte que ya nunca pronunciamos, por miedo. Miedo a na...

O sí.

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Esa sutil delicadeza que tienen algunas personas para hacerte sonreír, para decirte que hace frío, pero que ponerte el gorro te sigue haciendo bonita. Llueves, si no cantas. Y últimamente solo callan nuestras miradas. Que dicen que tienen tanto que decirse que mejor dejarse acariciar por la espalda. La decisión, que desató nudos, y la otra, que nos ató a las circunstancias. El pasado que de vez en cuando llama a tu puerta y te pregunta si aún te queda sal, que últimamente te ve un poco sosa. La esperanza que cumple promesas al otro lado del espejo. Porque aquí no. O sí. Mentirte o reventar, que tengo el corazón tiritando desde que dijiste que ya no teníamos que hablar. Derretirse en pleno invierno, para acabar marchitándonos en primavera. No sé, creo que estamos haciendo algo bien. Pero demasiadas cosas fatal.

Háblame de dolores

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A veces no sé dónde tengo la cabeza. Y lo digo como quien sabe precisamente donde la tiene pero no se da cuenta de que debería tenerla en otro sitio. Puede parecer bonito decir que existe un lugar más allá de lo que es la realidad. Pero también hay sonrisas falsas que parecen bonitas, y existen tristezas delicadas y amargamente dulces. No quiero mentirte, porque dicen que las mentiras duelen eternamente. Pero lo cierto es que conozco verdades que destruyen corazones para siempre. Aunque lo que no interesa, pocos lo cuentan, y lo que interesa demasiado es objeto de negociación. Y todo esto mientras el dolor se grita a los cuatro vientos, en miradas perdidas que lloran en el más infeliz de los silencios. Solo cuando ya estás lo suficientemente loco, salta a la vista de todos, que ya no saben si llorar o sorprenderse, y callan. Después se oyen los 'ya me parecía a mí' con la intención de respirar la noticia. Y en medio de tus días de agonía alguien te coge la ma...

Volemos

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En qué jaula te escondes, amigo. De qué te proteges, mientras el miedo te cubre las espaldas. A quien miras de reojo cuando nadie te ve. Eso dirá más de ti que tú mismo. Cuantos silencios te han dejado sin respiración desde que ya no te encuentras al otro lado. Del espejo, digo. Por qué cada noche miras al techo y empiezas a contar las telarañas que se han quedado sin dueña. Qué canción tarareas mientras te duchas, por qué a Soledad no le sonríes como a mí. Cuéntame qué te pasa por la cabeza cada vez que te rozo la piel, por qué prefieres comerme con los ojos y morderte los labios. Háblame de tus dudas mientras acabo con ellas, llórame tus alegrías y ríeme las penas, que nadie se atreva a decirme que las ganas se quedaron contigo. No me prometas amor eterno y olvídate de recordarme que no puedes vivir sin mí. Y yo te dedicaré el primero de mis pensamientos cada mañana. Y el último.

Nievan otoños

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Mundo de locos. Locos que se ríen de tragedias que no les van a suceder. Cuerdos que lloran por alegrías que sí sucedieron,  pero que el viento se llevo cuando pretendían echar a volar  y sin alas. Jaulas, que son ojos cerrados. Miedo,  que se atreve a despertarlos. Gritos contenidos en alientos apagados. Frío. Hojas que queriendo ver el cielo caen, mientras se alejan de él. Un árbol que llora. Miles de sueños bajo los pies. La inocencia de un niño dando vuelo a la muerte, bailes sobre la no-lluvia. Bancos vacíos. Suficiente soledad para callársela. Gente que se esconde en sus abrigos, cuando el hielo, lo llevan en la mirada. Para consuelo de locos, castañas en los bolsillos.

Toc Toc

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Hay puertas que se abren solas ante nuestros ojos. Hay puertas que no necesitan de llave. Sino de altura para girar la manilla. Hay puertas hacia las que cogemos velocidad y esperamos abrir de golpe. Y todo cuanto nos llevamos es eso. Un tortazo. Todas las puertas tienen una clave, o una llave, o algo. Pero, ahora. ¿De qué te sirve tenerla si tienes miedo a girar el pomo? Si te empeñas en ir corriendo hacia esa puerta, solo para sentir que está cerrada, solo para comprobar de nuevo que abrir una puerta es algo más complicado que desear. Y algo más fácil que deducir la constante de gravitación universal. Y de repente, un día. Clic. Todas las puertas se pueden abrir. Muy lógico, sí. Pero no lo olvides.

Vida o tragedia

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No me gusta tu nombre, vida. Aún creo recordar qué se sentía cuando tú me gustabas y simplemente éramos amigas.  Ya lo creo que sí.  Entonces, cuando hacía falta bien poco para sonreír de verdad. Y fíjate ahora, fíjate qué caras, qué moños, qué ojeras. La gente quejándose porque dueles, porque atacas, porque de cuando en cuando, matas. Pero matas y no morimos. Esa es la tragedia. Solo nos sentimos muertos. Vacios. Huecos. Y eso sin tener en cuenta que la mitad de las veces que agachamos la cabeza es porque nos hemos decepcionado, mientras otra mitad la aprovechamos para subirla de nuevo y suspirar. Por esa gente. Esa que hace jaque y sin avisar. Pisando fuerte, pero pisando en el lugar equivocado. Y mientras revisas la agenda y te atreves a preguntarte qué será de ellos. Pero nada comparable con el qué será de ti.