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Te dije que saltaras.

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Existen canciones tan bonitas como el roce amistoso del pasado, sonrisas que llevan tu nombre desde antaño, cuando las noches aún se dormían. Arrulladores guiños, nanas inventadas, sueños despiertos, caricias secretas. El aire se despertaba cada mañana y nos sacaba de la cueva, detrás de las montañas, donde los días comienzan una y otra vez. Existen canciones que no son palabras, son silencios, que llenan el vacío de tu ausencia y te traen de nuevo al mundo, a este, y jugamos a ser eternos. No lo vivimos y sé que no lo echarás de menos, quizás fue solo de ese polvo que se posa sobre los hombros de la gente incapaz de cuidarse. Sobre las fotos que reflejan lo que ya no eres y las drogas que no necesitabas. Tus quince miligramos diarios que son la felicidad a corto plazo, el intento de deshacerse de esas sábanas encaprichadas con tu juego de pies. Imaginario. Aguantarte la mirada, conseguir la fuerza necesaria para sentir tu calor de cerca y  los pinchazo...

Triste historia de amor de una Pila Daniell

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Sentía el amor bajo los hombros, retazado, en el fondo de la clase, perdiendo su voz y voto entre una jauría de sentires, de intereses, de desgracias sin techo. Con un hogar que eran mis puños y la rabia de sentirme  reducida a un matojo de posibilidades inquietantes. En el extremo positivo , aun así, porque las esperanzas llenaba mi mente de pájaros descorazonados, que una vez alimentados y cuidados, aprendían a volar. Y se iban, muy lejos, y ya no volvían. Tú, que eras exactamente la cara opuesta de la moneda. Haciéndome llegar la electricidad de una tormenta de verano, recordándome que el miedo no deja de ser vida, escalando a las alturas, reclamando tu dosis diaria de adrenalina. Tú, la oxidación en persona, consumido por las fronteras del aire, pisando tu casa en extrañas circunstancias. Buscando siempre lo que tus menos pretendían llorarte para que no me encontrases jamás. Y todo cuanto nos unía era ese puente lacrimógeno , ese sábado noche, ese...

Enmudece la primavera

Enmudece la primavera, que de flores ya me sé. Sus cuencas vacías, el perfume de dos soledades cuando se echan de menos. Los labios amapolas que quisieron ser mariposas, para venir y posarse sobre las palmas de la niña que un día fui. Vuela donde nadie la alcanza. Solo el deseo de ser. El aire, el fuego valiente. Y desatar el cálido aliento de la libertad. De sueños mueren los que tienen fe. Aunque, alegres descubren sus cuerpos tórridos, y saludan a la inmensidad. Se extinguen las armonías prendidas. Enmudece la primavera.

Mañanitas tristes.

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Mantos verdes y el canto de los gorriones. Olor tibio, ojos marrones, el desayuno deshecho. Subía las persianas y caían sus pestañas. Los charcos de lluvia son noches y son ruinas. Las gotas tiritando en la mañana inundada con ramajes y capullos. Sus labios manchados de la prisa y la nata que son nubes donde se esconde un dios que muda de pieles. La belleza subjetiva de otro día sin poesía. Y rompe el silencio y luego lo deja vivir. Ahora respira, pero solo. Amanece y atardece al unísono Mueren y no viven. Nadie las llora.

Otra vez.

Oí retumbar sus pasos por el porche. Eran precavidos, pero firmes y acompasados. Quise imaginar que encontraría detrás de aquella puerta. Pero de antemano sabía que nada acaba nunca resultando ser lo que soñamos que es. Vivimos de recuerdos. -Y de cigarros- me recordé mientras daba un calada más. Ella dudó los segundos suficientes para que pudiera sentir su miedo. Yo me balanceé en mi silla y esperé a escuchar el sonido de la libertad. Pero no ocurrió nada. Ni siquiera me sentí decepcionado. Rompí el silencio con el crujir de la madera bajo mis pies y tiré del pomo de la puerta hacía mí. -Otra vez tú.- Reí con una lacónica carcajada.- Te dije que no volvieras e irrumpes en mi casa sin permiso. Otra vez. Escupí humo. Me recosté sobre el marco de la puerta. -No hay derecho.-concluí. Miré a lo lejos, a las vistas que se confundían con fronteras, a los infinitos matices de cielo que solo conseguían quemarme los ojos. -Otra vez.- Suspiré. Anocheció, de nuevo, y las prisas por n...

Espectadores del fin

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Asoló cuanto tocó. Incluso aún cuando parecía que se alisaba la falda o se sonreía en los espejos de los portales. Los días de botas y lluvias, de estrategias y complicidad. Contaba con los dedos las veces que el viento había firmado y concluido, con la letra torcida, otro efímero: "Quizás" Y serán las olas que ya no arrastran mensajes a estas tierras de perecederos vencidos. O serán las puertas que conducen a ese inmerecido refugio con paredes de hojalata. El retumbar de una jauría de sillas cuando se clavan como agujas sobre una piel que no resiste al paso del tiempo. Conspirando eternamente contra una soledad fielmente endurecida con continuos golpes de mortero. Acompasados, a veces, indiferentes. En general, dominados por la necesidad de comprender quién los hará parar. O cuándo. O cómo. O por qué. Se le acabaron las manos. Imagínense pues a esa actuación repleta de asistentes que a su desenlace, no aplaudirán. Al margen de una pequeña debilidad ...

Es odio

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Lo no planeado y su patente facultad de ser inolvidable. Pongamos un marco a lo alucinante, pero no nos olvidemos de que las mayores desgracias no nacieron como proyectos. Después de todo es así. Tachamos a lo ordinario y buscamos esa chispa inusitada, un pequeño toque de impredecibilidad amistosa. Nos aventuramos a creer que esto podría ser una ocurrente utopía. En su defecto, pesadilla. El tiempo tira de nosotros a compás y el viento mece las cuerdas de todos los que vamos de puntillas. Con nuestro firme empeño de evitar el contacto con cualquier tipo de realidad. Por qué. Es una buena pregunta. Y la peor de todas. Concretamente, porque sepulta todos y cada uno de los límites, que sin dejar de ser reales, tuvieron opciones de no ser. Y no doler. Esto no estaba previsto, ni imaginado, ni siquiera contemplado como una ociosa posibilidad de acabar con las firmes convicciones del pasado. Y sin embargo, se empeña por sostenerte la mirada y robarle su humanidad. Es odi...