Entradas

El muro de mis lamentaciones.

Imagen
"¿Qué saben las tripas de puños cerrados? Saben que las riegan los amargos tragos,  saben todo y más de tenerse en pie,  de la soledad." Es una semana de las que no cuentan los días, no me pesan en el bolso las veces que en vez de escribir, o llorar, me he abandonado al sueño y al desconsuelo de un despertar no tan amargo, pero demasiado cansado. Me pongo a leer sabiendo que si no me pongo, nunca voy a llegar a aquel reducto de mis expectativas, en las que aún tengo esperanzas y que todavía me acarician la espalda con optimismo. El balón siempre corre más que yo, tengo poca velocidad, mucha prisa, pero la cabeza en otro sitio. Luego siempre está de vuelta, es su casa, el hogar que no eligió. Gritan gol. Me digo que no espero, pero no dejo de hacerlo.  Sigo girando la cabeza por donde te vi marchar, aunque nunca jamás me paro. Me hace daño todo el miedo, a pesar de que no me preocupa tanto. Te sigo creyendo dulcemente inalcanzable, pero nunca termino l...

Octubres pocos.

Imagen
Es el otoño envuelto de verdad, durmiéndote los ojos, tirándote las hojas, hablando de marchitarse. La glauca hojarasca, la tierra en la mirada y ese pesar mal decorado de fríos tempranos. Es el veneno de sus savias, ascendiendo por la corteza de nuestras pieles y haciéndolas extranjeras en sus propias carnes. Las agujetas del alma, los complejos y la ropa por los suelos, mezclando sueños de gigantes y versos de liliputienses. Es el mirar de los preocupados, el entretanto de los fuegos lentos, las piedras del río que nos arrastra hacia la paz del otro lado del mundo. Es como intentar hacer la cena, y acabar escribiendo poesía. Como intentar hablar de algo, y que el poema acabe llorando por ti. He soñado en contarte como es, lo de vivir debajo de un abrigo las cuatro estaciones y mis restos de año. Pero es como hilar un suceso en los descosidos de mis manos, como mentir sin darse cuenta, o perseguir un infinito. Es la peor comparación que un loco...

Verde y pistachos.

Imagen
La mañana que te dejaste ver por primera vez, llevabas puesta una camiseta pistacho, los tenis, unas gafas de sol radioactivas y la sonrisa de los sábados. Yo era como el fantasma de cualquier otra ópera, con el pelo mal puesto y cualquier etiqueta por fuera, con los ojos pequeños, muy abiertos y los cristales muy sucios. Aquella mañana que te dejaste ver, tal vez no te vi. Probablemente nadie nos vio de verdad. Quizás incluso aquel día llevé la coleta bien hecha, o puede ser que tú no vistieras pistacho y feliz. Quizás, pudo llover ese día y no me fijé en que llegabas empapado de ilusiones y planes. Probablemente en realidad, ya no recuerde ese día tan bien como me gustaría. Es como de esas veces que saludas por primera vez y luego lo repites tantas ocasiones, tantos días, tantas mañanas, que olvidas que hubo un primer hola y que también te cambió la vida. Aquella mañana yo no sabía mucho. Sabía de hecho, que fuese lo que fuese lo que buscase iba a ser  cualquier otra cosa . Ll...

No son corazones, son hojas.

Imagen
No me queda más sinceridad, ni más engaño, ni mucho menos un tablón de madera para que te agarres a lo que puedas. Creo que incluso, es inútil aparentar que te escribo, que no lo hago, o que hago como que en realidad tengo algo que escribir. Es muy inútil negar que he conseguido, al fin, parar un terremoto que estuvo años derribando casas, refugios y alguna que otra calle de mi alma; y que desde entonces, el gusto a sonreír parece volver a ser nato. Sé cosas que quiero, sé a quién no, sé que llevo meses sin corazón y hoy he reparado en su ausencia. Pero, para mi sorpresa, muy grata he de admitir, no estoy tan triste. No tengo ganas de venganza, no me apetece estrellarme la cabeza en cualquier superficie lo suficientemente dura y sufrida para darle la razón a Newton, y quitármela a mí. Quizás me avergüenza, un poco, mi inocencia, quizás mi creencia ciega y encaprichada en cuentos infantiles o en los principios de las personas, o en lo que quisiera que fuere el tiempo olvidado en...

Todo lo demás es camino

Imagen
Me ponías a prueba, me decías que te ibas para siempre, que me odiabas como odian las margaritas que las deshojen, como yo odio irme a veces, como todo el mundo odia alguna vez cuanto ama. Quería decirte que yo te querías más, pero que tampoco era para tanto y que daba igual que la pista de baile se nos quedara pequeña, las intenciones nunca eran mejores que yo. Quería explicarte que había días que la verdad te tapaba como un manto de hojas y que últimamente eran muchos. Que cuando ya no sabía que más echar de menos, el viento soplaba y era verdad, toda la verdad, no estabas allí. No dejaste la esperanza puesta en los ojos de cualquiera, como yo he terminado pensando que incluso si así hubiera sido, te hubieras equivocado igual. Porque van a venir a traerme flores, a cuidarme las ojeras y a decirme que son la parte incondicional del verbo querer a alguien y esta vez, como  cualquier otra definitiva, voy a abrir un poquito los ojos y ni siquiera al tiempo, miserable va s...

El tercer día, lloró.

Imagen
Sé que el tercer día lloró, no lo hizo como una persona valiente que sabe que algunas veces se debe llorar, ni como se llora cuando no te cabe ni un descanso en el corazón. Lloró como si la más pequeña de las tonterías hubiese alquilado un recoveco en su piel y pensase quedarse a vivir mucho tiempo, como si fuese verdad que su cuerpo era carne y sus huesos frágiles, y su corazón de madera, madera tallada de versos, de asfalto y tierra, de mentiras dulces que arañaban la superficie. Lloró como se llora cuando no quieres llorar, como si la niña que un día soñaba con tocar la luna, hubiese tocado el fondo del estanque y se hubiese quedado a vivir allí, a ver vivir, a mirarse las manos y encontrárselas llenas de estrellas que morirían en pocas horas. Sé que lloró y se le empañaron los ojos de franela y veranos aburridos, sé que leyó tanto poesía que soñaba conmigo todas las noches. Sé que lloró porque sabía que la quería, que hacía un esfuerzo enorme por llenar mi vida de cotidianidad...

Hay tormentas que son veranos.

Imagen
Se colocó por tercera vez los anteojos y me miró con aspereza a los ojos. Tenía la cara inexpresiva de siempre y la acompañaba su habitual y lúgubre enroscamiento de manos. Solía ser así. Sus gestos, las ojeras que caían como fardos pesados sobre sus mejillas y los pequeños callos de sus manos de jabón contaban más de ella que sus hoscos labios. Le sostuve la mirada durante largo rato, tratando de digerir los secretos ahogados que se le escapaban de los ojos y desvió la mirada a la tele que hacía un ruido de segundo plano. Sé que miraba sin mirar, porque se retorció por cuarta ocasión del asiento y no dejaba de jugar con el viejo anillo de su dedo anular. Aún lucía después de muchos años y escondía detrás de sí una historia que solo su portadora conocía con lujo de detalles. A todo el mundo nos gusta llevar nuestras historias con nosotros, supongo. Me seguía mirando de vez en cuando y yo seguía firme, sin ceder a la impaciencia de su actitud. Entonces sonó el teléfono y todo ocurri...